Algunas veces, me he encontrado con personas (niños, adolescentes, jóvenes y adultos) teniendo poca o ninguna consideración con los integrantes de su propia familia. Es como que vivir con ellos durante mucho tiempo y haber desarrollado un mayor grado de confianza les da la autorización para ser menos tolerantes, más estrictos, muy irónicos e incluso burlones con los de casa.
Lo «milagroso» es que no se comportan así con sus amigos y conocidos. A ellos les perdonan todo, son amables y hasta pueden ceder en sus razones con el fin de contentarlos. Acaso ¿Es más fácil mantener una buena actitud con los extraños o con aquellos que no son familia? Aparentemente sí, pero ésto no debiera ser así.
El abrir la boca para criticar, ofender y hacer sentir mal a nuestros abuelos, padres, pareja, hijos o hermanos, son características de quien no conoce a Dios, ni ha experimentado el perdón, la misericordia y el amor de Cristo.
A los cristianos, la Palabra nos insta a «vivir como es digno del llamado que han recibido de parte de Dios, y que sean humildes y mansos, y tolerantes y pacientes unos con otros, en amor», (Efesios 4:1-2).
El amor y la consideración tienen que comenzar en casa, de lo contrario nos convertimos en simples hipócritas.