Halloween visto desde la luz
Cada año, cuando se acerca el 31 de octubre, muchos cristianos enfrentan el mismo dilema: ¿nos alejamos de todo lo relacionado con Halloween, o podemos participar sin comprometer nuestra fe?
Por mucho tiempo la respuesta más común ha sido «no participar en absoluto». Y así la Iglesia, en estas fechas, se esconde. A veces hay destellos de esperanza, como las «Noches de luz» que varias iglesias organizan, pero casi siempre terminan siendo eventos para cristianos, lejos de donde los vecinos realmente están esa noche.
Y aquí va mi observación, medio en broma y medio en serio: la calabaza sonríe más que muchos cristianos en esta fecha. Mientras el mundo sale a la calle con alegría, hay hermanos con la cortina cerrada, la luz apagada y la cara larga, convencidos de que apagar el timbre es lo mismo que ser santos. Una calabaza tallada, con una vela adentro, al menos está alumbrando algo.
Con el tiempo he entendido que el tema es más serio de lo que parece, y que no se resuelve ni con el miedo ni con el «todo vale». Hay que mirar qué dice la Biblia.
El miedo no es un invento del enemigo
La oscuridad, el misterio y el miedo son parte de la experiencia humana. Dios nos creó con emociones, y el miedo cumple un propósito: protegernos, hacernos reflexionar, recordarnos que somos frágiles.
Soy de los que siempre han disfrutado el cine de terror, los clásicos y la estética spooky de la cultura pop. No porque adore el mal, sino porque me fascina cómo el arte puede retratar la lucha entre la luz y la oscuridad. Disfrutar de una película de monstruos no me hace ocultista, igual que disfrutar una película de guerra no me hace amante de la violencia. Aun así, no me engaño: el mismo arte que muestra el mal para vencerlo puede también glorificarlo. Por eso no consumo todo, y uso un filtro simple: ¿esta historia me enseña a rechazar el mal y a desear la luz, o me enseña a disfrutar el mal? Si es lo segundo, la apago, sin importar lo bien filmada que esté.
Ningún día pertenece al diablo
Se dice mucho que el 31 de octubre es «el día del diablo» porque algunos grupos ocultistas lo usan. Respeto la preocupación, pero la teología detrás es débil.
«Del Señor es la tierra y su plenitud; el mundo y los que en él habitan.» (Salmo 24:1)
Si la tierra y su plenitud son del Señor, el calendario también. Un satanista no puede secuestrar una fecha, como tampoco puede secuestrar el sol que sale ese día. Pablo lo dijo sin rodeos: los días de fiesta no son motivo para juzgar a nadie (Colosenses 2:16), y lo que Dios creó es bueno si se recibe con acción de gracias (1 Timoteo 4:4-5).
Tratar una fecha como si tuviera poder propio es, honestamente, una forma de superstición. El día no tiene poder; el que lo tiene es Cristo. Tenerle miedo al 31 de octubre es darle al enemigo una autoridad que no tiene.
¿Y los orígenes paganos?
Es cierto que Halloween tiene raíces en Samhain, la fiesta celta del fin de la cosecha, y que la Iglesia medieval intentó cristianizar la fecha con la víspera de Todos los Santos. Pero hay algo que a veces olvidamos: el 31 de octubre es también el día en que Lutero clavó sus tesis en Wittenberg. Quien quiera una fecha con peso cristiano, ahí la tiene.
Sobre el origen pagano, Pablo nos da una guía, pero hay que leerla completa y no solo la mitad que nos conviene.
En 1 Corintios 8:4 dice que «el ídolo nada es en el mundo». Y por eso un cristiano podía comer la carne del mercado sin hacer preguntas de conciencia (10:25-26). Un cordero comprado en la carnicería no es sagrado ni maldito por haber pasado antes por un templo.
Pero el mismo Pablo, unos versículos después, escribe esto:
«Lo que los gentiles sacrifican, a los demonios lo sacrifican, y no a Dios; y no quiero que vosotros os hagáis partícipes con los demonios. No podéis beber la copa del Señor, y la copa de los demonios.» (1 Corintios 10:20-21)
Es decir, Pablo permite la carne del mercado, pero prohíbe sentarse a la mesa del templo pagano. La diferencia no está en el origen, sino en qué estás haciendo y a quién estás adorando con eso. Repartir dulces con un disfraz de astronauta no es sentarse en la mesa de los demonios. Asistir a un ritual de invocación sí lo es, aunque lo llamen «fiesta». Y Efesios 5:11 lo deja claro: «No participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien reprendedlas.»
Entonces: el origen no condena una celebración que ya perdió su sentido religioso, pero eso no me da permiso para meterme en cualquier cosa. Debo participar sin comulgar, y reprender las obras de las tinieblas, no aplaudirlas.
Ser luz, con la boca abierta
Jesús no evitó los lugares difíciles. Comió con pecadores y caminó por las calles de los marginados. Y yo me pregunto: ¿por qué nosotros nos escondemos justo la noche en que todo el barrio está afuera, tocando puertas?
Pablo en Atenas es un buen ejemplo, pero hay que leerlo bien. Él no se unió a una fiesta pagana para «redimirla» con buena onda. Caminó por una ciudad llena de ídolos, se fijó en un altar «al Dios no conocido», y lo usó como punto de partida para anunciar a Cristo:
«Al que vosotros adoráis sin conocerle, es a quien yo os anuncio.» (Hechos 17:23)
Y su mensaje no terminó en «sean buenas personas». Terminó en un llamado al arrepentimiento y en el anuncio de la resurrección (17:30-31). Algunos se burlaron, otros creyeron.
Ese es el punto. La luz que llevamos no es solo simpatía, buena vecindad ni caramelos. Es el evangelio, y «¿cómo creerán en aquel de quien no han oído?» (Romanos 10:14). Repartir dulces con alegría abre una puerta, pero si nunca decimos una palabra sobre Cristo, solo fuimos el vecino simpático. Y eso está bien, pero no es la misión.
También conviene ser honestos con la tensión: Pablo nos manda a no conformarnos a este siglo (Romanos 12:2), y eso significa que no todo elemento de la cultura se puede «redimir» tal cual. Con algunas cosas se puede jugar, otras se tienen que rechazar. La pregunta no es «¿puedo ponerle una etiqueta cristiana?», sino «¿esto exalta la muerte, el ocultismo o lo grotesco, o es simplemente diversión sana?»
A los que dicen que participar es pecar
Tengo mucho respeto por quien, en conciencia, decide no participar. Si para ti es tropiezo, no lo hagas. Pero también tengo algo que decir a quienes convierten esa convicción en regla para todos:
Si tu santidad depende de apagar las luces el 31 de octubre, tu santidad es muy frágil. Pablo no tuvo paciencia con quienes juzgaban a otros por días y comidas (Romanos 14:3-4; Colosenses 2:16-17). Llamar «pecado» a lo que Dios no llamó pecado es añadir a la Palabra, y eso también es un problema serio. Los fariseos tenían todas las reglas y poca alegría, y Jesús no los trató con suavidad.
Y a los que sienten que su libertad les da derecho a todo, la advertencia es la misma, de otro lado: «Todo me es lícito, pero no todo conviene; todo me es lícito, pero no todo edifica» (1 Corintios 10:23). La libertad no es licencia; es la capacidad de servir mejor. Ni el legalista ni el libertino han entendido el evangelio.
Y una cosa más sobre la conciencia: no se trata de lo que «siento» que me aleja o me acerca a Dios. Mi conciencia tiene que estar enseñada por la Escritura y acompañada por mi iglesia local. Una conciencia que solo se guía por la sensación es una brújula sin norte. Pregúntate: ¿qué dice la Palabra? ¿Qué dicen mis pastores y hermanos maduros? ¿Puedo hacer esto con acción de gracias (1 Corintios 10:30-31)? Si la respuesta es sí, hazlo con gozo. Si no, déjalo, sin juzgar al que sí.
En lo práctico
No son reglas, son ideas que nacen de mi experiencia y de lo que he leído en la Biblia.
Qué evitar
- Cualquier práctica ocultista, de invocación o de espiritismo, aunque sea «de juego».
- Símbolos y decoraciones que glorifiquen a Satanás o la muerte.
- Fiestas donde lo oscuro se mezcla con el exceso, el morbo o lo sexualizado.
- Contenido cuyo centro es celebrar el mal, no vencerlo.
Qué se puede hacer con discernimiento
- Disfrazarse con creatividad y humor, sin lo grotesco ni lo vulgar.
- Salir con los niños o repartir dulces con alegría, y estar listos para conversar cuando alguien pregunte por qué eres distinto.
- Ver películas o historias de terror con valor artístico o moral, donde el mal es tratado como mal. Para mí, algo como Narnia o los clásicos de monstruos bien contados: es el viejo cuento del bien contra el mal.
- Hablar con tus hijos sobre el miedo y sobre por qué Cristo ya venció lo que más tememos.
Qué se puede resignificar
- Decorar con estética divertida, otoñal o vintage, no tétrica.
- Abrir tu casa esa noche: disfraces, comida, juegos, y vecinos adentro. Tener un momento para compartir tu testimonio y la esperanza que tienes.
- Invitar a conversar sobre la muerte y el miedo a quienes no tienen respuesta para ellos, y darles una: Cristo resucitó.
- Recordar la Reforma, y por qué es importante saber que somos salvos por gracia, no por obras (ni por apagar luces).
Una conclusión personal
No creo que el cristiano deba esconderse del mundo. Tampoco creo que deba disolverse en él. Se trata de entrar con los ojos abiertos, con la Palabra en la mano y con una sonrisa que no sea hipócrita.
El problema no es Halloween, ni el cine de terror, ni la cultura pop. El problema es qué lugar ocupa todo eso en mi corazón y, sobre todo, si tengo algo que decir cuando me abren la puerta.
Si tu conciencia, formada por la Escritura, te lleva a quedarte en casa esa noche, hazlo con fe y sin juzgar a nadie. Si te lleva a salir y ser luz, hazlo con alegría, con la verdad y sin miedo.
Pero si vas a quedarte, no te quedes amargado. Y si vas a salir, no salgas mudo.
Porque al final, la calabaza sonríe más que muchos de nosotros, y nosotros tenemos mucho más motivo para hacerlo.
Si la oscuridad no puede apagar una vela, tampoco puede apagar a Cristo.